
"El joven estudiante de bellas artes" óleo sobre tela, 195x130cm. noviembre de 2009.
Nunca he mostrado una obra mía en este blog, para eso tengo el otro, pero creo en este caso haré una excepción..
Esta obra ha sido un trabajo intensivo, apenas 3 semanas de denso trabajo han bastado para conformar esta compleja composición.
Dada la gran cantidad de elementos y personajes que conviven en esta composición, sería por mi parte absurdo entender que sólo sea posible una interpretación. Hay tantas polisemias posibles como espectadores de la obra, ya que al observar la imagen, alguno de sus elementos narrativos puede ser significativo para una persona, pero no para otra. En cualquier caso, paso a redactar una breve “sugerencia de interpretación”, y que cada cual, luego, quiera entender esta obra a su libre albedrío.
Lo que en esta obra trato de simbolizar es la similitud entre la forma de funcionar de las instituciones religiosas y las instituciones del arte oficial. En lo que viene a llamarse “el circuito”, o “el mundillo”, existen unos valores que determinan qué es arte y que no lo es basados en caducas y asépticas teorías institucionales (como la de Danto). La oficialidad artística hoy realiza el siguiente razonamiento: si está en un museo, es arte. En este cuadro, pretendo resaltar cómo el joven estudiante de bellas artes (el personaje postrado de rodillas) se ve pues inducido a la adoración irracional de artistas absolutamente sobrevalorados como Marcel Duchamo o Joseph Beuys (cuyas “obras” aparecen sobre el altar). El alumno “medio”, pues, se baja los pantalones ante el pensamiento mayoritario del profesorado (el personaje con pinta de sacerdote extasiado, en pleno síndrome de Stendhal ante la coronación del ready-made), y acepta el dogma impuesto por la oficialidad artística, según el cual, para ser “contemporáneo” uno a de hacer cualquier cosa excepto trabajar con imágenes. La chica de actitud extasiada y casi divina simboliza a la crítica de arte oficial (o del comisario-estrella), el cual, nunca, y digo nunca, realiza una crítica, ya que el papel del crítico y del comisario hoy consiste en la labor publicitaria de aquellos artistas que a su vez tienen relación con algún galerista amigo. La crítica hoy no critica, si no que ignora aquello con lo que no se posee ningún vínculo “comercial”, y por el contrario sube a cotas casi divinas a otros que por razones siempre económicas, interesa. Por otra parte, en la parte inferior izquierda tenemos a un minúsculo personaje con una paleta en la mano (el pintor, o, en definitiva, el creador de imágenes) que intenta en vano entrar por una puerta aparentemente abierta, pero concienzudamente atrancada desde dentro. Dentro de dicho edificio, no hay otra cosa la posibilidad de poder pagarse una hipoteca con nuestro trabajo, la posibilidad de dormir en un techo y no bajo las estrellas, como el personaje que se ve tras la ventana. Por otra parte, en la parte derecha de la escena, tenemos al público (simbolizado en la figura del payaso), que no puede hacer otra cosa que descojonarse del grotesco panorama que nos ofrece el “Arte” (con mayúsculas); un urinario convertido en la esencia del Dios, y una religión en torno a su figura, en la cual personas muy serias y muy doctoras, no se dan cuenta, hacen el ridículo.
Creo que en esta obra he marcado un precedente significativo, ya que hasta ahora todas las obras supuestamente “transgresoras” y “reivindicativas” se perdían en obras visualmente nulas, meras conceptualadas, lo que las convierte en insignificantes y de escaso poder evocador. Es decir, que la acostumbrada trasgresión conceptual no es otra cosa que la mayor de las complacencias existente, ya que dice cuestionarse a sí mismo, pero en el fondo este mensaje no llega a nadie. Está en la mano de nosotros, los que si que queremos trabajar la imagen, los que sí que queremos llegar a un público, el “salir del armario”, y cuestionar, de verdad, aquello que consideramos injusto.
Pero como ya he dicho, esto es una mera interpretación. Aquel espectador que no sepa quienes eran Duchamp o Beuys, o simplemente que no quiera acatar esta interpretación, siempre podrá entender el conjunto “a su manera”, y por mi parte, no se lo reprocharé.